Barrueco
Hay un milagro terrible a la medida de los hombres.
En él callan los himnos del refugio y en su reflejo se templa
la pupila de los corzos.
Hay una semilla de granito abandonada al tiempo.
De su rumor antiguo espigaron mis antepasados
la memoria del agua.
Hay un valle de cráneos olvidados en la lluvia.
Tengo cerca un hogar donde poner al fuego
los huesos pardos de la tierra.
Hay un secreto tramado en los nidos del cielo.
Sé de un lugar sencillo donde el silencio
extiende las alas.
Hubo quien hizo de él estruendo.
Hoy nos queda, con suerte,
la cáscara del asombro..
Las ranas (RIL editores, 2021)
Errores no forzados
Una gota de sangre en el ojo de un camello.
La misa del domingo en sábado.
Cuatro sillas apiladas en la puerta.
Las cartas (marcadas) a los corintios.
La sombra de los árboles en invierno.
El desborde de los ríos secos.
Los coches arrastrados. Los ahogados.
El módulo de oncología pediátrica.
La ramera de Babilonia. El G7.
Una nube sobre la corona de los padres.
Las horas de llamada en espera.
Caín. Abel. Los mosquitos.
Una serpiente enroscada al antídoto.
El dolor. La esperanza.
Los muertos.
Nadie os pidió que me salvarais.
Ahora todo esto
es cosa vuestra.
Las ranas (RIL editores, 2021)
Por qué Bogart
Ni Grant, ni Peck, ni Gable,
ni, por supuesto, Wayne.
Ni tan siquiera Newman o Brando.
Hoy te voy a explicar por qué
de joven querría ser el viejo Bogart.
La explicación queda muy lejos
de los goles de Pelé ante las alambradas nazis,
de Cooper completando
un home round contra la muerte.
No necesitamos ni un touchdown sobre la bocina
ni un deus ex machina a destiempo.
A lo sumo, con tirar un cigarro a medias
sobre los charcos de Sunset Boulevard
deberíamos conformarnos.
Nuestras ínfimas derrotas no dan para más.
De joven quisiera ser el viejo Bogart
para despedirnos en el aeropuerto
antes de que se haga temprano
y trazar sobre la niebla esmerilada de Brooklyn
mi nombre de detective de segunda
con la vana esperanza de ser
un espectador ocasional de mi fracaso.
De viejo quisiera ser el joven Bogart
para quererte como mereces,
y perder una a una todas las partidas
sin torcer los labios,
y saberme más libre cada vez
que el dinero se me escape.
Quisiera perder para ti todos los duelos
a placa y pistola.
Y dejarte ir.
Y que tu irremediable atracción
por los hombres tristes sea
mi última jugada.
Contrafacta (La isla de Siltolá, 2015)
Palabra y omisión
Nadie te dirá qué fue del Windsor,
de sus memorias ardiendo a 451 grados.
El pecado se musita en los pasillos
y se comercia en los estrados.
No es este carril para vehículos lentos
ni son bienvenidos los espejos sin bruñir.
Sin la oportuna dosis de espanto y nieve.
Hay besos, fotos comprometidas y amenazas
en las redes. Hay contraseñas y heridas
que delatan en los días de lluvia.
Nadie te dirá cómo hemos llegado a esto,
la minuciosa ruta hasta este asombro rutinario.
El factor solar adecuado contra el derrumbe
de Dios.
Hay mentiras entre cartones y vecindarios
puestos a secar en los balcones. Hay ciertas
medidas inexcusables.
Nadie te dirá cómo salir de todo esto.
Nada explicará el arcano mensaje de los extintores..
Contrafacta (La Isla de Siltolá, 2015)
Según san Juan
Último superviviente
de tresillo y fiel vasallo,
guardo el programa de mano
de varios apocalipsis:
la caída de la estación MIR,
el acelerador de partículas LHC,
el efecto 2000, el último
ciclo maya, la segunda
venida de Bush…
Me he forjado en los mejores
gift shops de Auschwitz,
así que cuando me hablan del diluvio
abro mi paraguas,
como quien cambia de canal
en la sección de catástrofes.
A nadie le preocupa ya el fin del mundo,
ahora que la Biblia tiene
ciento cuarenta caracteres
y Torquemada desahucia herejes
en el nombre del darwinismo,
ahora que todas las calles
del país son Cánovas
esquina con Sagasta
y nadie pregunta a los leones
del circo
por la hoja de reclamaciones.
Nadie quedará vivo,
según san Juan.
Podría ser peor.
Imaginen habernos quedado
para ser nadie.
Podría ser peor (Hiperión, 2013)
Desnudo sobre espejo
Tu cuerpo desnudo
me recuerda las listas del paro.
No es esta la declaración prometida
sobre el post-it de la nevera,
ni el beso que sostienes con tiritas
en la espalda magullada
que miras frente a frente
al despertarte.
«Volveré a la tarde», debí decirte.
Y mostrarme siempre fuerte
y tranquilo,
viril como la amenaza serena,
como un ceño fruncido por Buonarroti.
Pero me muestro sin rebajas ni ventajas,
con los ojos inciertos del desempleo
tras las monturas,
ahora que vence mi contrato
de adolescente avejentado.
Y te veo desnuda
y comprendo que las mantas
que nos cubren
son un ejemplo estúpido
de redundancia,
que no hay otro cobijo
que tu pierna dormida
sobre mi pecho en vela.
Podría ser peor (Hiperión, 2013)